jueves, 8 de marzo de 2018

Aida y el Arte con mayúscula en Madrid

Verdi, la crítica artística e inteligente.

  Ayer abrió el telón la reposición de Aida en el Teatro Real, coincidiendo con la celebración de su bicentenario fundacional y los veinte años de su reapertura, además estas funciones están dedicadas al gran tenor español Pedro Lavirgen, uno de los mejores Radamés de todos los tiempos.
  Se levantará el telón 17 vece entre los días 7 y 25 de marzo, con tres repartos increíbles patrocinados por Endesa.

      Nicola Luisotti, director asociado del Teatro Real, dirigió y  seguirá llevando la batuta de ésta producción de una maniera prodigiosa, en lo que le ayuda sus profundos estudio y conocimiento de Verdi, una compresión excepcional del deseo de críticar a los italianos, para mejorarlos, sin violencia ni sobresaltos, situando sus argumentos fuera de Italia, evitando sus celos típicos, pues sólo un italiano puede ser más chauvinista que un francés, con una música extraordinaria y sin extravagancias de arte-basura.

    La espectacular escenografía, así como la dirección de escena y figurines corresponden a Hugo de Ana.

   Llamar clásica a esta ópera, la cual rompe moldes con respecto a Monteverdi, Vivaldi y Bellini, por ejemplo, no está fuera de lugar, porque tiene en común con toda la ópera anterior, el respeto y apego por el deber y los valores ético-morales, y es ese respeto, el que hace protagonista a la esclava nubia Aida, en lugar del general Radamés, podría haber sido su historia, la historia de un hombre flojo de principios, el cual se apasiona de lo exótico, y traiciona a su patria y a sus hombres.

   Aquí, en este Egipto diseñado por Verdi, sólo ponen por encima de sus pasiones, el deber, Aida, esclava de sangre real, por lo cual está en la corte y no en las minas de sal, y los sacerdotes, a los cuales miramos con desconfianza gracias a los arquetipos del cine americano, pero cuyo papel era más de científico regulador de los procesos y conocimientos necesarios, para vivir en una discreta opulencia comparada con la sociedad paleolítica, ni siquiera Amonasro, el rey nubio, quién no sabiendo vencer en la batalla, utiliza a su hija como caballo de Troya. La sentencia trágica de los amantes, la dictan los sacerdotes, y es especialmente dura, pues los privilegiados de la sociedad egipcia, han usado su posición, no para garantizar las cosechas, la crecida del río, proteger las fronteras y garantizar la gobernabilidad dinástica, sino para satisfacer sus apetitos, ellos que en lo alto del engranaje del imperio, no son felices y desean únicamente el placer Hegeliano. Sí, la ópera hace protagonista a Aida, porque está rodeada de amorales, libertinos, narcisistas e intrigantes vengativos, los cuales no ven personas, sino los instrumentos de su respectiva pasión. Radamés es flojo incluso en la traición, pues ni siquiera tiene agallas para mantener con la espada su postura y escapar al desierto.

      En estos días, de arte-basura, de pagliaci-presidencias, y de ideología cutre-comunista disfrazada de cultura, esta obra es un paraíso para el alma, no se la pierdan.

De izquierda
                                                                                 a derecha
Hugo de Ana, Pedro Lavirgen y Nicola Luisotti.
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